La renuncia del Papa Benedicto XVI

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No ha sido habitual en los últimos siglos un abandono de esta naturaleza. Aduce motivos de salud y de falta de fuerzas para seguir adelante. Las ciudadanas y ciudadanos del mundo católico y no católico, de creyentes y no creyentes, no tenemos, en principio, porqué no creer sus razones. Aunque podamos suponer, o no, que haya otras cuestiones graves y ocultas, relacionadas con el Poder, dentro de la propia Curia vaticana, aunque por el momento sería sólo pura especulación.

El papado de octogenario Ratzinger, ha sido intenso y breve, a diferencia del anterior Juan Pablo II que duró más de un cuarto de siglo. Pero ambos han estado unidos por una similar ideología: Procedían del centro de Europa, con un pasado presuntamente ligado, en mayor o menor grado, a las corrientes fascistas y nazis de la época. Pensamiento que posiblemente ha imprimido carácter a una iglesia oficial autocrática, opaca, sexista… que, además, ha tapado y, lo que es más grave, tratado de justificar a quienes, dentro de la iglesia, han cometido “crímenes” sexuales contra miles de menores en todo el mundo. Ya no digamos la forma de regir, opacamente, las cuentas vaticanas, las de sus Conferencias Episcopales y las de sus más de 2.800 diócesis, en todo el mundo, procedente de limosnas y donativos privados, pero en una parte importante de dinero público, con la complicidad de banqueros y de casi todos los Estados confesionales y menos confesionales.

Además, tanto el anterior Papa, como Ratzinger han “enterrado” los propósitos de cientos de miles de católicos que en los años sesenta soñaban con una iglesia abierta y actualizada, producto de algunos de los debates del Concilio Vaticano II. Sin embargo, han potenciado a los grupos más integristas y fundamentalistas de la iglesia, como los Neocatecumenos (o Kikos), Comunión y Liberación, legionarios, Opus, el Yunque… y otros grupos menores que operan, incluso como lobbys ante medios de comunicación, políticos, entidades financieras, etc.

La Jefatura del Estado y una amplia mayoría de políticos españoles rindieron pleitesía a Ratzinger en sus visitas a diversas ciudades españolas y al hacerlo se convirtieron, en parte, en cómplices de sus desatinos e ideología, marcada por un extremado fundamentalismo.

En muy pocos días, cuando pasen los análisis periodísticos de esta renuncia, se especulará sobre en qué clérigo recaerá el futuro jefe de los católicos. Es evidente que habrá una fuerte lucha por el Poder. Pero posiblemente sea otro fundamentalista, aunque algo curtido en tareas diplomáticas. Previsiblemente será designado para no “mover casi nada” y seguir la misma trayectoria que sus antepasados: es decir tratar de imponer a todas las ciudadanas y ciudadanos del mundo, a través de gobiernos y parlamentos cómplices, sus ancestrales posiciones dogmáticas, además de “saquear” todo el dinero público que puedan para el Vaticano.

En España, entre otras medidas para avanzar hacia el Estado laico, ha llegado el momento de que el Parlamento en un ejercicio de “decoro político”, mandate al Gobierno para que se anulen los “Acuerdos con la Santa Sede” de 1979, que, en mi opinión y en la de otros muchos ciudadanos y ciudadanas, atentan contra principios democráticos básicos.

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