¿Es Dios laico?

Parece natural que quienes no creemos en dioses o no somos particularmente religiosos apoyemos la laicidad, esto es, el principio según el cual el Estado colombiano debe estar separado de las religiones y ser neutro en este campo.

Pero, ¿por qué debería un creyente, y en particular un católico, defender la laicidad con el mismo vigor que un ateo o un agnóstico? Es una reflexión pertinente para estos días de Semana Santa.

A primera vista, los católicos colombianos no deberían respaldar la laicidad pues, siendo mayoría, pueden aspirar a que retornemos al Estado semiconfesional, que existió durante la Constitución de 1886 y que otorgó grandes privilegios al catolicismo: exenciones fiscales, influencia considerable en la educación, fuero penal especial para sus obispos, etc. Muchos católicos podrían concluir que es ilógico renunciar a esos privilegios, que refuerzan la influencia social de la Iglesia y su posibilidad de difundir el mensaje católico, que consideran el único verdadero.

Pero existe una respuesta en sentido contrario, que puede ser interesante para muchos católicos, pues ha sido elaborada no por ateos o agnósticos sino por pensadores cristianos. Su punto de partida es que la esencia del cristianismo verdadero es su espiritualidad y que su mensaje no se impone sino que se difunde por el ejemplo.

Estos autores, como Cornell West, el profesor estadounidense de filosofía religiosa, en su provocador texto Democracy Matters, consideran que lo peor que le pasó al cristianismo fue que el emperador Constantino, en el siglo IV, lo hubiera convertido en religión oficial. Esa decisión parecía un avance del cristianismo, ya que lo vinculaba al poder, con lo cual su mensaje podía difundirse también por la fuerza. Pero para West, quien es cristiano, ese momento marcó en realidad el debilitamiento de esa religión. La espiritualidad y el compromiso con la justicia y con quienes sufren, que caracterizaron las prédicas de los profetas y de Cristo, se vieron sustituidos por el compromiso con el poder. Y el cristianismo, que había crecido por el ejemplo espiritual de sus profetas, empezó a imponerse con la violencia. En sus palabras, el “cristianismo constantino” debilitó al “cristianismo profético”, que es el verdaderamente genuino.

Esta reflexión muestra que la laicidad no sólo protege al Estado de la indebida interferencia de las religiones, sino que tiene otro propósito igualmente importante: la separación entre el Estado y la religión escuda a las propias religiones de la indebida interferencia del poder político. Las diversas religiones, al estar separadas del poder, preservan su autonomía, lo cual protege su dimensión espiritual y la libertad religiosa de los creyentes. La laicidad es entonces un escudo que protege la espiritualidad religiosa genuina. Y si eso es así, los creyentes deberían ser los primeros en defender la laicidad. No será acaso que, por usar el título de un libro del teólogo católico belga, Gabriel Ringlet, ¿Dios es laico?

Rodrigo Uprimny Profesor Colombia

Rodrigo Uprimny ** Director de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.

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