2013, «annus horribilis» para los islamistas

Tras las cortas victorias electorales de 2012 de En Nahda en Túnez y los Hermanos Musulmanes en Egipto, muchos auguraron que a la Primavera Árabe le seguiría inevitablemente un eterno invierno islamista. Era la profecía intelectualmente más perezosa, la que se inscribía en el dogma pantouflard y eurocentrista que afirma que los árabes y musulmanes están condenados a ser gobernados sea por dictadores militares sea por fundamentalistas religiosos. Desdeñaban los agoreros un elemento capital: nada está escrito en las estrellas ni en ningún libro sagrado; la Historia la escriben los seres humanos. E ignoraban la clave de bóveda de los turbulentos acontecimientos desencadenados en el norte de África y Oriente Próximo a raíz de la inmolación de Mohamed Bouazizi: la sed de libertad ha prendido en los corazones y las mentes de millones de árabes y musulmanes desde el Atlántico al Índico.

Resulta significativo el silencio que guardan estos agoreros ante las noticias de los últimos meses: la victoria electoral de los reformistas en Irán; la derrota militar de los yihadistas en Mali; las manifestaciones juveniles en Estambul contra el AKP de Erdogan; el alzamiento cívico-militar en Egipto que derrocó violentamente a los Hermanos Musulmanes; la pérdida de peso del PJD en el gobierno de Marruecos, y, ahora mismo, la agonía del ejecutivo tunecino de En Nahda tras unos meses de protestas populares contra su ineficacia y su autoritarismo. Sí, amigos, la vida es móvil, incluso en el mundo árabe y musulmán, y emergen elementos que permiten preguntarse si no estamos ante otro cambio de tendencia en el vertiginoso proceso histórico iniciado a comienzos de 2011.

¿El comienzo del fin del islamismo político? No caeré yo en el mismo error que critico y seré, pues, cauto: es pronto para afirmarlo. Aunque es indudable que las victorias electorales islamistas del 2012 no han provocado esa glaciación del norte de África y Oriente Próximo que los eurocentristas daban por hecha para siempre jamás. Este año de 2013 está resultando bastante horribilis para los islamistas gobernantes, incluidos los del AKP turco. Así lo ve el semanario francés Courrier International, que esta semana consagra su portada y un amplio dosier al hastío militante de muchísimos árabes y musulmanes con esa sofocante combinación islamista de integrismo vital y penosa gestión de los asuntos públicos.

Nunca he deseado gobiernos islamistas para mis amigos del sur. Lo que llevo varios lustros diciendo es:

  1. La democracia y los derechos humanos son valores universales y deben reinar al Sur y al Este del Mediterráneo; no hay ninguna razón para condenar a la tiranía a buena parte de la humanidad.
  2. Los partidos islamistas que rechacen la violencia y acepten las reglas del juego democrático deben ser legalizados y deben poder presentarse a las elecciones.
  3. Esos partidos, de ganar los comicios, deben gobernar, faltaría más. Pero, ni allí ni aquí, una victoria electoral, aún por mayoría absoluta, supone un cheque en blanco para reprimir a las minorías políticas, ideológicas y religiosas, ni para imponer una determinada visión del mundo a toda la ciudadanía.
  4. Esto último, el respeto a las reglas de juego democrático, es lo que no han practicado los gobiernos islamistas de Túnez y Egipto, con lo que queda legitimado el derecho de los opositores a la rebelión.

Un proceso histórico revolucionario, y el abierto por la Primavera Árabe lo es, dura lustros y décadas, conoce victorias y derrotas, puede atravesar momentos de violencia y, desde luego, no tiene garantizado el final feliz de una vieja película hollywoodiense. En Occidente no fue de otra manera con las revoluciones americana, francesa y rusa. No me atrevo, pues, a poner la mano en el fuego por un pronto final de la hegemonía ideológica ejercida por el islamismo en las últimas décadas en el norte de África y Oriente Próximo. Lo que digo es que, antes de esa hegemonía, lo allí dominante era el panarabismo laicista y antiimperialista de un Nasser, y ya ven lo poco que queda de él. Y añado que lo coherente sería que los demócratas de la ribera norte del Mediterráneo, en vez de ponernos tan tiquismiquis, ayudáramos a nuestros hermanos del sur a que el próximo ciclo en sus tierras esté gobernado por las ideas de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

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Portada de la revista Courrier International.

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