Circuncisión a debate

En junio pasado un tribunal de Köln (Colonia), Alemania, prohibió la circuncisión de los niños, desatando una ola de críticas de parte, sobre todo, de las comunidades que suelen practicar esta forma de mutilación: los judíos y los musulmanes. También hubo reacciones políticas; la canciller Angela Merkel se apresuró a apoyar el derecho de los padres a extirpar el prepucio de sus hijos, para asegurar su “libertad religiosa”, reclamo que los portavoces (autonombrados) de los creyentes hicieron oír con fuerza.

Seguramente lo último que Merkel desearía es que Alemania fuera asociada con restringir la libertad religiosa de los judíos. Sin embargo es interesante que el dictamen del juez no apuntaba a eso. Para los musulmanes (con excepción de una facción de los sunníes) la circuncisión no es religiosamente obligatoria, pero tampoco lo es para los judíos no religiosos o no practicantes; para todos ellos es sólo un signo de pertenencia étnica/comunitaria, no siempre excluyente. “Libertad de imposición de marcas étnicas” suena mucho menos atractivo y mucho menos defendible que “libertad religiosa”.

El principio internacionalmente reconocido del “interés superior del niño” indica que, en cualquier conflicto entre los derechos de un niño y los de los adultos, incluidos sus padres, los derechos del niño deben ir por delante. Intuitivamente debería ser obvio, además, que hay una gran diferencia entre un derecho que me involucra en principio sólo a mí (por ejemplo, postrarme en el piso a rezar o leer la Torá en voz alta en una plaza) y un derecho que de suyo involucra una interferencia irreversible sobre el cuerpo de otro. Postrarme a orar o leer en voz alta puede molestar a los transeúntes, puede interrumpir el paso, etc., pero ésas son contingencias que la ley puede manejar. Circuncidar a mi hijo no es un ejercicio de libertad religiosa comparable, porque afecta directamente a otra persona como objetivo primario, no contingente. De hecho puede considerarse que le quita derechos a la otra persona.

Dejamos que los padres le hagan a sus hijos muchas cosas que no permitiríamos jamás que esos mismos padres adultos le hicieran a otros adultos, porque entendemos que los niños no pueden decidir sobre lo que les conviene. ¿Les conviene a los niños ser circuncidados? Muy probablemente no. Desde luego no les ayuda a educarse mejor o a crecer más fuertes. Hay estudios que muestran una incidencia menor de ciertas enfermedades entre los varones circuncidados que entre los intactos; sin embargo, una higiene básica regular borra esa leve diferencia (la circuncisión reduce la tasa de transmisión de VIH de mujeres a hombres, pero el efecto sólo es significativo en regiones de alta prevalencia del virus). Sociológicamente, en una sociedad diversa y moderna (como la alemana) estar circuncidado o no es bastante indiferente, aunque más no sea porque el pene no suele ser una zona pública del cuerpo (distinto sería una marca tribal tatuada en la mejilla). Circuncidar a un niño no implica un beneficio claro para éste, y no hacerlo tampoco debería provocarle perjuicio alguno. Dado que es un procedimiento quirúrgico y en ocasiones trae complicaciones, cabe preguntarse ¿para qué hacerlo, si no es necesario, y si siempre existe la opción de hacérselo por elección cuando uno es adulto?

Para continuar con la discusión sobre la circuncisión, que comencé comentando la prohibición legal dictaminada por un tribunal de Colonia, Alemania, me gustaría iniciar con una cita del famoso rabino Moisés Maimónides (1135–1204). Maimónides era además médico, filósofo y teólogo, y escribió sobre la circuncisión intentando justificar su realización más allá del mero precepto religioso. A la pregunta de por qué es importante que la circuncisión se haga en la infancia, Maimónides respondía:

“Para esto hay tres sabias razones. La primera es que si se dejara en paz al niño hasta que creciera, algunas veces no se la haría. La segunda es que un niño no sufre tanto dolor como un adulto porque su membrana es todavía suave y su imaginación débil (…). La tercera es que los padres de un niño que acaba de nacer toman más a la ligera los asuntos que le conciernen, porque hasta ese momento la forma imaginativa que compele a los padres a amarlo todavía no está consolidada.”

Así pues, la primera razón para circuncidar al niño, en vez de esperar que lo haga de adulto, es que el niño no puede resistirse; la segunda, que el niño no puede ni imaginar el dolor de lo que le van a hacer; la tercera, que sus padres no lo ven todavía como una persona completa. Digan lo que digan de Maimónides, no se le puede reprochar falta de sinceridad.

Debe notarse que Maimónides había “demostrado”, previamente, que la circuncisión era necesaria o al menos muy recomendable. Dejaré al lector el ejercicio de adivinar cuál es el motivo real y práctico, según Maimónides, por el cual Dios prescribió la circuncisión a su pueblo (¿creían que era por simple capricho?). Hoy en día quienes creemos en las libertades individuales básicas retrocedemos azorados ante una opinión que admite que la única razón para hacerle algo desagradable sin consentimiento a alguien es que luego quizá ese alguien pueda negarse. Tampoco aceptamos la idea de que infligir dolor a un bebé o un niño pequeño está bien porque luego no lo recordará. Finalmente, hemos de suponer que en la época de Maimónides los padres no se encariñaban demasiado con sus hijos recién nacidos porque era de lo más común que éstos murieran por cualquier afección menor; hoy, salvo en las partes más aisladas y miserables del planeta, ya no es así… y el argumento tampoco es muy convincente para empezar.

Siguiendo con el tema de la circuncisión infantil, prohibida recientemente por un tribunal en Colonia, Alemania, me gustaría traducirles algo que escribió Giles Fraser, un sacerdote anglicano de ascendencia judía, para su columna habitual en el diario británico The Guardian. Creo que es una obra maestra de la argumentación falaz y el golpe bajo. Su ataque apunta a la idea liberal clásica de la libertad de elección.

(…) La circuncisión de los bebés va en contra de una de las presunciones básicas de la mente liberal. El consentimiento informado está en la base de la capacidad de elección, y la capacidad de elección es la base de la sociedad liberal. Sin consentimiento informado, la circuncisión se considera una forma de violencia y una violación de los derechos fundamentales del niño. Por eso es que yo veo la mentalidad liberal como una forma disminuida de la imaginación moral. Hay más que simple elección en el campo de lo bueno y lo malo.

Más aún: hacer de la elección la regla de oro en toda circunstancia es ceder al lenguaje moral del capitalismo.

No sé ustedes, pero a mí acusar a otros de seguir “una forma disminuida de la imaginación moral” me suena bastante a un permiso autoconcedido para justificar cualquier cosa como “moral”. Lo del capitalismo me deja perplejo (hasta donde yo sé, ni Fraser ni la iglesia a la que sirven son anticapitalistas, ni mucho menos).

Fui circuncidado por un mohel a los ocho días de edad sobre la mesa de la cocina de mi abuela (…). No fue por razones sanitarias. Fue una afirmación de identidad. Sea lo que sea que se entienda por la resbaladiza identificación de “ser judío” —mi padre lo es, mi madre no—, tenía algo que ver con esto. La circuncisión me marcó como perteneciente a esto. (…)

 
 

Hasta donde yo sé y entiendo, afirmar una identidad es algo que sólo puede hacer un agente responsable y autoconsciente. La identidad afirmada fue la del padre de Giles Fraser, la de su abuela y la del mohel, no la del pequeño Giles, que no estaba en condiciones de afirmar nada, mucho menos algo tan complejo como una identidad judía. Fraser se lamenta de que su esposa lo haya convencido de no circuncidar a su propio hijo:

Todavía encuentro difícil aceptar que mi hijo no esté circuncidado. El filósofo Emil Fackenheim, sobreviviente del campo de concentración de Sachsenhausen, añadió famosamente a los 613 mandamientos de las escrituras hebreas un mandamiento número 614: “no le concederás a Hitler victorias póstumas”. Esta nueva mitzvá insistía en que abandonar la propia identidad judía era hacer uno mismo el trabajo de Hitler. A los judíos les ordenan sobrevivir como judíos los mártires del Holocausto.

Como yo no soy judío, quizá esté errando groseramente al decir esto, pero como ser humano me resulta inadmisible y despreciable esta clase de justificación. El mandamiento de Fackenheim puede entenderse de muchas maneras, con algunas de las cuales yo podría estar de acuerdo: la necesidad de memoria histórica, por ejemplo; la obligación de alertar contra las ideologías destructivas a la comunidad propia y a la sociedad toda; un mandamiento de no desesperar y de seguir adelante, construyendo y reconstruyendo. Pero yo no creo en mandamientos de ninguna clase. Y dudo que Fackenheim se planteara que dejar de circuncidar a un niño equivalía a traicionar la memoria de los muertos.

Uno de los más comunes errores modernos acerca de la fe es que es algo que ocurre dentro de la cabeza de uno. Eso es una tontería. La fe se trata de ser parte de algo más grande que uno mismo. No nacemos como pequeños agentes racionales en potencia, sin formar como seres morales hasta tener la capacidad de pensar y elegir por nosotros mismos. Nacemos a una red de relaciones que nos otorgan un trasfondo cultural contra el cual las cosas adquieren sentido. “Nosotros” viene antes que “yo”. El “nosotros” constituye nuestro horizonte de significación. Por eso es que muchos judíos que se consideran ateos aún se consideran judíos. Y la circuncisión es la manera en que los hombres judíos y musulmanes son marcados como partes involucradas en una realidad más grande que ellos mismos.

Ésta es la parte más blanda, más cristiana progre, más pseudo-sociológica de la argumentación. “La fe se trata de ser parte de algo más grande que uno mismo.” ¿Qué quiere decir eso? Absolutamente nada. Es una redefinición de la palabra fe que la pone en el lugar de la identidad étnica. Es verdad, aunque una verdad obvia, que no nacemos en un vacío sino dentro de una comunidad, que impone automáticamente ciertos  valores, o costumbres que devienen valores. Pero si la presión de la comunidad cruza ciertos límites, ¿no tiene el individuo derecho a reaccionar? ¿No debe la ley protegerlo cuando él no puede hacerlo? ¿Justificará Fraser la mutilación genital femenina, que es una marca de identidad de muchos musulmanes y no pocos cristianos en África y Asia? ¿Le parecen correctos los ritos de pubertad de las tribus africanas, que cortan la piel de los jóvenes con piedras afiladas y untan las heridas con ceniza para producir cicatrices permanentes? A fin de cuentas, quienes no tienen esas marcas son considerados indignos de la comunidad. ¿Opinan los judíos que un incircunciso no es judío, que es indigno, que es un traidor a la memoria de los muertos del Holocausto?

“Yo” siempre debe venir antes que “nosotros”. Si no hay un “yo” que decida pertenecer, el “nosotros” al que pertenece se vuelve una masa amorfa, voluble, lista para abusar de sus miembros o para ser llevada de la nariz por políticos y chamanes de variado pelaje. Si el “nosotros” es más importante que el “yo”, el individuo se vuelve un número intercambiable, un ente etiquetado —marcado, como dice Fraser— por su etnia y su religión. Eso, y no renunciar a una marca corporal, es darle una victoria a una ideología aborrecible.

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