Granada Laica: por la libertad de conciencia

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Respuesta de Granada Laica a un artículo en la prensa de Granada

El artículo de Fernando Arredondo “Granada Laica”, del día 2 de abril, trae a la cabeza varios dichos: «calumnia, que algo queda» (refranero), «una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad» (Goebbels) y, finalmente, «¿cómo ves la paja en el ojo ajeno y no ves la viga en el propio?» (aprox. Jesús; la versión popular actual sería «habló de putas ’la Polvillos’»).

         Veamos por qué. Defendiendo su catolicismo, y en línea con la voz oficial de la Iglesia, dice Arredondo del laicismo cosas como esta: «No digo que quiera eliminar […] la vinculación de los hombres con la religión, sino con la religión católica.»Seguir tachando, desde la Iglesia católica, al laicismo de intolerante por antirreligioso es una confusión interesada… interesa a las confesiones que disfrutan de privilegios en España, en ocasiones desorbitados. Como el laicismo, en su defensa de la libertad de conciencia (recordemos que este es su objetivo prioritario) denuncia precisamente los privilegios de creencias o ideologías, y de las organizaciones que las respaldan, interesa mucho a éstas desacreditarlo tergiversando su mensaje y sus objetivos. Es evidente que la confesión con mayores prerrogativas en España es la católica; de hecho, en nuestro país ‘disfrutamos’ de una prórroga decadente del nacional-catolicismo franquista. O ¿no sigue vigente un Concordato vergonzante con la Santa Sede?, ¿no continúa sosteniendo económicamente el Estado a la Iglesia católica?, ¿es un mal recuerdo el adoctrinamiento católico en la escuela pública?, ¿dejaron de perpetrarse misas de Estado?… ¿dejó la Universidad pública de tener relaciones demasiado íntimas con la Iglesia, hasta el punto de cederle capillas y permitirle cursos de adoctrinamiento?

         Ya que ha aparecido la Universidad, valga como ejemplo de que no existe en el laicismo una fijación con los excesos de la Iglesia: cuando en la Universidad de Granada se empezó a promover la celebración del ramadán, Granada Laica lo denunció de inmediato. «Éramos pocos y parió la abuela»: ¡no sustituyamos el confesionalismo católico por un pluriconfesionalismo! Y no duden de que reaccionaremos contra excesos que afecten a ideologías no religiosas (por cierto, señor Arredondo, “reaccionario” no es simplemente quien reacciona ante algo, igual que quien protesta no es por ello “protestante”).

         Por supuesto que el laicismo debe denunciar estas aberraciones, y al hacerlo ‘topa’ con la Iglesia, pero no sólo no ataca a la libertad de conciencia de los católicos (lo que incluye sus derechos de asociación, expresión…), sino que el laicismo los defiende con ardor… como defiende esos mismos derechos de todos los ciudadanos, religiosos, ateos o de libre configuración. Un laicista debe hacer suya la frase atribuida apócrifamente a Voltaire: «No estoy de acuerdo con lo que dices, pero me batiría hasta la muerte por tu derecho a decirlo».

Así pues, a poco que se reflexione aparece como una obviedad que el laicismo es inseparable de la democracia: ésta no puede ser tal si el Estado no es laico, esto es, si el Estado no respeta por igual todas las convicciones y creencias de todos los ciudadanos, sin privilegiar ningunas. Ahora entenderán la alusión a la paja y a ‘la Polvillos’, pues Arredondo, ¡haciendo gala de católico, tilda a Granada Laica de “antidemocrática”! Ay, el carácter antidemocrático de la Iglesia católica es tan patente que muchos dudamos que una nueva asociación con sus características totalitarias, machistas, homófobas… pudiera ser legalizada. El mismo Estado Vaticano es tan poco democrático que no ha podido firmar la mayor parte de las Convenciones de la ONU en defensa de los derechos humanos. Todo esto, y en un tono mucho menos amable, lo pueden leer de personas de catolicismo poco dudoso, como el teólogo José María Castillo.

También hay que acordarse de ‘la Polvillos’ cuando desde la Iglesia se acusa al laicismo de ser una “doctrina” totalitaria. Bueno, no debe faltar el sentido del humor, pero un poquito de sentido del ridículo a veces no está mal. Una institución milenaria que se ha desvivido y se desvive (por desgracia, “desviviendo” literalmente muy a menudo a los demás) por imponer sus creencias, sus dogmas… su doctrina, a todos –empezando por las edades en que somos más indefensos–, que intenta por todos los medios imponer su moral no sólo a sus seguidores, que tanta gala ha hecho de “santa intolerancia”…  se entiende que tenga la tentación de denigrar a quienes nos hemos asociado para evitar justamente ese tipo de abusos. Pero ojalá se libre de seguir cayendo en esa tentación cuando es a costa de la verdad.

Juan Antonio Aguilera Mochón. Responsable de prensa de Granada Laica

Publicado en Ideal el 12 de abril de 2011.  Ver en el archivo adjunto

El artículo al que se contesta puede leerse en el PDF adjunto

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