Catolicismo, Alba y “Educación para la Masonería”

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El semanario ultracatólico Alba acaba de excretar un nuevo artículo sobre la Institución masónica bajo el título Educación para la Masonería. Una niña de aspecto repipi sostiene una tiza mientras, en la pizarra, la escuadra y el compás nos recuerdan las asechanzas del maligno, también conocido como diablo, Lucifer, demonio, Satanás, etc, sin olvidar el alias de “Pedro Botero” para consumo infantil.

Siguiendo un guión ya manido se asocia a los masones con el presidente Zapatero. Entre ambos pretenden descristianizar el orbe para implantar un “laicismo agresivo” que acarreará la perdición (presente y eterna) de los humanos.

Visiblemente escandalizados, los autores materiales del artículo aseguran que la Constitución española de 1931 consagraba una educación “única, obligatoria, laica e inspirada en los principios de solidaridad humana”. Argumentan que eso era debido a “la presencia masiva de la masonería en los cenáculos políticos”.

Muy a mi pesar, dudo mucho que aquellos avances se debieran a alguna influencia masónica. Entre otros motivos porque jamás existió una postura unánime sobre ese asunto entre los masones. Dado que la masonería propugna el debate y el pensamiento libre, lo lógico es que hubiera masones a favor y en contra. Pero esta realidad podría estropear el titular de prensa de Alba y posiblemente por ello han omitido ese detalle.

También perturba en las dehesas ultramontanas “uno de los grandes pilares del ideal masónico: la libertad de cátedra”. Desde el fondo de la caverna retumban los anatemas contra tamaña iniquidad mientras se entonan alabanzas “a la suprema voluntad de los padres a la hora de educar a los hijos”.

Pues bien, considero sagrada la libertad de cátedra mientras que la rebuznada “voluntad de los padres” me parece una inmoralidad. Nada puede resultar más egoísta y aberrante que imbuir a los menores nuestros propios prejuicios e ideas.

De hecho, considero esa práctica como una violación, una suerte de asesinato intelectual perpetrado contra miles de niños. Entiendo que lo honrado es informar al menor sobre las distintas ideologías y valores. Y él, con el paso de los años, decidirá su pensamiento bajo la luz de la razón y la libertad. Pero razón y libertad son palabras falsificadas en el diccionario católico.

Los alaridos ultramontanos también aludían a “la masonería que rechaza el dogmatismo”. Ciertamente, poco agrede más el sentir masónico que el dogmatismo. Pero eso no significa que un masón no pueda creer en dogmas. De hecho, miles de masones abrazan el cristianismo, el islam y hasta religiones más raras. El significado del “antidogmatismo masónico” es que nadie pueda imponer sus “dogmas” a un tercero y que, en cualquier caso, el masón esté dispuesto a abrir su mente y corazón a otras “verdades” que puedan parecer más sólidas y honestas. Esto, tan limpio, sano y razonable, es lo que provoca remolinos en el cenagal católico.

El resto de la diarrea integrista antimasónica se derramaba en forma de tópicos, inexactitudes, generalidades y el aullido impotente de quien ha de rellenar cuartillas para defender lo indefendible. Pero lo realmente sobrecogedor lo encontré tras el vómito antimasónico.

Así, pocas páginas después, se motejaba al erudito José Antonio Pagola de “herético” y se aplaudía la retirada de las librerías “por la autoridad competente” de su obra “Jesús. Aproximación histórica”… ¿Han preparado ya la hoguera para quemar los ejemplares? Por lo tanto, ya sabemos cómo se las gasta el catolicismo cuando algo no coincide con sus “dogmas”: hay que hacerlo desaparecer por…hereje.

Con total valentía, conviene proclamar que el catolicismo es, ante todo, un chorreo de superstición y meras leyendas. La mayoría muy poco originales, por cierto, y copiadas de cultos paganos (la Navidad, el nacimiento sobrenatural, la resurrección literal, la virginidad mariana…). Respeto a quien piense lo contrario, pero el catolicismo siempre me ha parecido una colosal parida alimentada por el miedo a la muerte y la dureza de la vida.

Ante eso, la masonería—con todos sus defectos—ha impulsado siempre la libertad religiosa, la democracia, el parlamentarismo, el librepensamiento, el valor de la ciencia, la razón y la cultura, la lucha contra la esclavitud y el racismo, la fraternidad universal de todos los seres humanos por encima de credos y dogmas rancios, la igualdad de la mujer… Por todo eso nos odian… ¡Menos mal, qué terrible sería si nos quisieran!

Gustavo Vidal Manzanares es jurista y escritor

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