La marcha de los cangrejos

No bastó con el ya ridiculizado discurso de Calderón, flanqueados él y su mujer por dos purpurados en el encuentro de las familias, donde nos recetó su nostalgia por los valores de su infancia moreliana, tan católica y dócil, y su escándalo porque haya familias encabezadas por mujeres.
 

Tenía que venir el jefe de Gobierno de la capital de la república a inaugurar como obra pública una estatua del difunto Papa tan amado. Eso, claro, entre los gritos de los herederos del obispo Barajas y el obispo Munguía de que en México hay quienes proclaman un laicismo arcaico que pretende impedir la libertad religiosa.

Desde luego, el renovado clamor por la sacrosanta libertad de educación, bandera en la que se envuelven los escandalizados por una enseñanza que incluya contenidos sobre sexualidad, evolución, diversidad de la sociedad o drogas de manera fundada en la ciencia, en el conocimiento contrastable. La atribución de los males de la sociedad a su falta de predominio sobre las mentalidades, su nostalgia por el control de los cuerpos, su empecinamiento en que todos aceptemos su idea de la insuflación del alma al cigoto incipiente. Todo ello presentado desde el papel de la víctima amenazada por los impíos que atentan contra su libertad. Esa es la actitud de la Iglesia católica mexicana.

Se puede conceder que está en su papel. Desde el Concilio de Trento, el de la Contrarreforma de mediados del siglo XVI, la Iglesia católica se cerró a la adecuación de sus dogmas al conocimiento de cada época; ató sus creencias a la percepción del mundo del final de la edad media; dejó de evolucionar. Otras confesiones cristianas asimilaron de mejor manera los cambios de forma de entender la vida y se han adaptado a las condiciones cambiantes de la sociedad secular. La Iglesia católica se mantiene aferrada a su pretensión de hegemonía y ha sido incapaz de comprender que desde el siglo XVI perdió el monopolio ideológico en ese espacio del mundo que genéricamente conocemos como Occidente.

Atrapada en el Trento de 1563, la Iglesia católica pareció tener dentro energías transformadoras cuando el Papa Roncalli convocó al Concilio Vaticano II que, visto a casi medio siglo, resultó fallido. Wojtyla, el santo de la devoción de Ebrard, convertido en estrella del canal dominante de las conciencias nacionales, aplicado en la recuperación de México como bastión del poder eclesiástico, fue taponando los resquicios de apertura. Ahora Ratzinger de plano clama por la vuelta a la misa tridentina y le abre los brazos de la santa madre a los fundamentalistas excomulgados. Es perfectamente comprensible que una organización así de añeja expela gases acedos por todos sus poros. Lo que resulta intolerable es que los políticos de un Estado laico, que han jurado respetar la Constitución, no presenten frente a las pretensiones de hegemonía ideológica y se plieguen a los avances de quienes quieren controlar la educación e imponer su visión moral particular por medio de la ley.

Desde luego que los políticos mexicanos, tan influidos por lo que ocurre al otro lado, creen que lo de hoy es hacer muestras públicas de profesión de fe, porque así lo han visto en la tele. Exhiben su ignorancia de las condiciones específicas de la relación de la política norteamericana con las religiones en un país sin confesión dominante y pretenden reproducirla aquí donde el peso de la fe católica ocupa todavía el lugar mayoritario en la cohesión social donde la educación pública fracasó, limitada por la baja calidad de sus profesores, abandonada a las garras de una maquinaria corporativa corrompida.

No sorprende del PAN, calificado en los 60 del siglo pasado por un historiador estadunidense —Donald J. Mabry— como la alternativa católica a la Revolución. Acción Nacional es heredero de los memes de los cangrejos del siglo XIX, esos políticos tan preocupados por defender los intereses del clero. Felipe el católico viene de esa tradición, tocada de cerca por la también reivindicada cristiada, empeñada en usar la política para proteger su fe, incapaz de asimilar lo que implica un Estado laico activo, auténticamente constitucional.

Mientras aquí el Presidente defiende la visión católica de lo correcto para la convivencia y Marcelo devela el broncíneo adefesio, Obama proclama su llamado al reconocimiento de la diversidad que incluye a los no creyentes. Deroga además la prohibición para financiar con fondos públicos los trabajos de las organizaciones partidarias de la libertad de elección de las mujeres en cuanto a maternidad se refiere, es decir aquellas que promueven la legalización del aborto. Mientras en los Estados Unidos parecen haberse abierto las ventanas y sopla un aire de renovación, aquí los políticos expelen el tufillo de cerrado y sacristía.

Un paso pa’ delante, 200 para atrás. Así marchan al compás los políticos de nuestro tiempo, mientras que Pancho Membrillo se ha disuelto en la bruma de la memoria y no hay quién los azote ni con el pétalo de un discurso.

Print Friendly, PDF & Email
Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestShare on LinkedInEmail this to someone

También te podría gustar...