Imágenes, creencias, identidad

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 Actualmente, una parte de la población europea, alrededor de quince millones de personas, es musulmana o de origen musulmán.

El conocimiento de ese sector de la población, con todas sus peculiaridades y en toda su diversidad, es una condición imprescindible para su integración efectiva en las sociedades europeas. También lo es su reconocimiento como europeos de pleno derecho. La información veraz respecto a sus tradiciones religiosas y culturales en general es una necesidad de primer orden, como lo es para estos nuevos europeos un conocimiento de los valores en los que se asienta la cohesión social y la convivencia en las sociedades europeas.

Si hablamos de las imágenes religiosas en el mundo musulmán, pronto percibimos que hemos entrado en un terreno delicado.

El cristianismo, tras sus primeros pasos siguiendo la estela del judaísmo, contrario a los iconos, acabó aceptando un uso intensivo de las imágenes religiosas. El islam, primo hermano del cristianismo, al calor de los iconoclastas de Bizancio, se mostró contrario a la representación de imágenes de Dios. Traía en su equipaje, como evoca Harold Lamb en su magnífica biografía novelada de Carlomagno, la oración sin clérigos, la veneración sin iglesias, la fe sin condiciones. «Si uno oraba ante una estatua de la Virgen María, ¿no le estaría rezando a una mera imagen de piedra o de madera, en lugar de hacerlo a Dios?». La búsqueda de una extrema pureza en la comunicación con Dios parecía exigir la exclusión de las mediaciones de la imaginería.

La Iglesia de Roma acabó zanjando la cuestión en el Concilio de Nicea, a finales del siglo VIII. Admitió las imágenes de todo tipo aunque con la salvedad –auténtico anticipo del jesuitismo- de que deberían ser respetadas y veneradas pero no adoradas. Con esa distinción dejaba la puerta abierta al compromiso con la idolatría siempre renaciente. Lourdes, Fátima, Montserrat, por no hablar del Rocío, lejos de las sutiles distinciones de Nicea, dejan constancia de esa vitalidad.

En el universo cristiano, la orden cisterciense, fundada por Robert de Molesme al final del siglo XI, supuso una vuelta a la pureza originaria de la Regla de San Benito, para entonces ampliamente degradada. Las imágenes de las iglesias cistercienses, dedicadas por entero a la oración, descartaban aquello que pudiera entorpecerla: pinturas, esculturas, vidrieras coloreadas. El impulso introspectivo asestó un golpe contundente al arte sacro figurativo. El despojamiento cisterciense, la sobriedad y la sencillez, no obstante, tuvieron una vida relativamente breve. Ya en el siglo XII y, más aún en el XIII, van quedando atrás los primeros ideales arquitectónicos del Cister, como atestiguan las inmensas y suntuosas construcciones de Alcobaça, en Portugal, o de  Royaumont, en Francia. Esos cambios van acompañados de una creciente codicia de los monjes y de una mayor inserción de los monasterios en las actividades productivas y comerciales, favorecido todo ello por el progreso del siglo XII. La pureza de los ideales se desplaza en el siglo XIII hacia franciscanos y dominicos, orientados hacia los pobres de campos y ciudades, y abogados de un cristianismo alejado de los bienes mundanos.

La iconoclastia cristiana encontró nuevas encarnaciones, tras la Reforma, en el calvinismo y en el anabaptismo, tan influyentes en los procesos de modernización de Suiza, de Holanda y de Gran Bretaña.

En la historia del islam se ha mantenido la oposición a la representación de Dios así como a las estatuas como objeto de culto. La imagen de Mahoma no está prohibida en el Corán, e incluso hay tendencias o ramas que la difunden. En Persia, en Turquía y en la India, las imágenes tuvieron cierta aceptación, aunque nunca se llegó a admitir la representación de la divinidad. La reproducción de la imagen del Profeta, con todo, es un fenómeno minoritario. Los sunníes la rechazan y los chiítas también, aunque éstos admiten las imágenes de los profetas Husein y Alí.

En Europa contamos con dos logros jurídicos a los que, con razón, concedemos especial importancia. Uno es la libertad de tener y de defender las ideas y creencias, religiosas, no religiosas e incluso anti-religiosas, que cada cual desee. Otro, el derecho a criticar y hasta a ironizar o a ridiculizar las ideas y creencias ajenas, sin exceptuar las religiosas.

Este último derecho sufre en algunos países limitaciones difícilmente defendibles. La Revolución francesa puso término a la consideración de la blasfemia como un delito, delito que la Iglesia católica castigaba con mutilaciones corporales, pero los blasfemos fueron perseguidos durante mucho tiempo. En España, el nuevo régimen abolió el delito de blasfemia pero luego incorporó algo parecido, que sigue en vigor. El artículo 524 del Código Penal trata como un delito la ofensa a los sentimientos religiosos, y el 525 se dirige contra quienes hagan escarnio de dogmas, creencias, ritos y ceremonias religiosas.

En el caso de Francia, la Ley otorga una protección especial a la población judía, lo que se explica por motivos históricos, pero genera en la actualidad una chocante desigualdad: algo más de medio millón de franceses merecen una consideración favorable que no se concede a los cinco o seis millones de personas de origen musulmán. En diciembre de 2003 el humorista Dieudonné caricaturizó a un judío extremista y sonaron todas las alarmas; hoy, para muchos de quienes llamaron entonces a cerrar filas frente al antisemitismo las caricaturas danesas son un asunto de libertad de expresión.

A mi juicio, uno de los posibles malos resultados de la crisis actual sería caer en la tentación de restringir aún más la libertad de expresión, como ha pretendido hacer Tony Blair, al presentar para su aprobación, en el pasado mes de enero, un proyecto de Ley contra el odio religioso, que equiparaba las manifestaciones antireligiosos al odio racial. Afortunadamente el Parlamento británico ha frenado en seco tan disparatado propósito.

Pero, si necesario es preservar el derecho a burlarse de lo más sagrado, no lo es menos tener en cuenta que la defensa de ese derecho no implica la obligación de hacerlo, y menos en cualquier circunstancia y aunque se hunda el mundo (de momento más que consolidar la libertad de expresión lo que las caricaturas han logrado es reforzar la xenofobia, por un lado, y el integrismo islamista, por el otro).

El caso que nos ocupa va más allá del Derecho, no cabe dentro de él, y hace referencia a las relaciones intercomunitarias y a los valores que han de fundar la convivencia en un país o en el mundo entero.

No hay por qué renunciar a la crítica de los aspectos más problemáticos de las distintas tradiciones culturales. Malo sería confundir el respeto a las creencias con la indiferencia frente a la teocracia, al antipluralismo uniformizador, a la opresión y segregación de las mujeres, a la violación de los derechos humanos o a la homofobia. El respeto a las creencias particulares no implica la obligación de ser neutral o de emitir una opinión favorable sobre todas las facetas de las diversas tradiciones religiosas o culturales, pero sí excluye reírse de ellas. Pero, ¿tan alto coste tiene satisfacer la voluntad de la mayoría de los musulmanes del mundo de no ver representada la imagen de Mahoma?

En sociedades crecientemente secularizadas como la nuestra corremos el riesgo de subestimar la importancia de las religiones en el mundo, su peso determinante en la constitución de identidades colectivas que conciernen a miles de millones de personas. Nos cuesta entender en particular la desesperación y el malestar del mundo árabe y musulmám, así como el hecho de que la tradición religiosa aparece para las mayorías sociales como portadora de soluciones.

La cuestión planteada puede resumirse así: ¿qué relaciones queremos mantener con los musulmanes en el mundo y en nuestra sociedad? ¿Cómo hacer progresar un conocimiento mutuo y un entendimiento hoy por hoy tan insuficientes como difíciles de lograr? ¿Qué hacer para tratar de desactivar un choque de identidades que, con episodios como éste, no cesa de intensificarse?

Atribuir a los seguidores de Mahoma el carácter de terroristas ¿es una forma razonable de criticar las tradiciones musulmanas? ¿Puede tener algún efecto benéfico? Y si lo tuviera, ¿guarda proporción con el mal causado? Un lector del diario francés Le Monde escribía justamente: «Agredir a las personas en su fe supone atacar lo más esencial, lo que les proporciona las razones para vivir y para morir. Nada, absolutamente nada, puede justificarlo».

Las críticas que se dirigen a una comunidad o a parte de ella en una sociedad plural, democrática, suficientemente cohesionada y, en fin, viable, ¿pueden tomar cualquier forma, incluido el insulto, o deberían ser respetuosas y razonadas?

¿Deseamos, en suma, una relación amistosa con los sectores musulmanes de nuestra sociedad?

Cada cual debe decidir el uso que hace de su libertad -de expresión, en este caso- teniendo en cuenta todos los factores en juego, y muy especialmente los efectos que pueden producir sus palabras. Embarcarse en una espiral de progresivo enfrentamiento le lleva a uno a dejar de ser dueño de sus actos.

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