11-S, balance conspiranoico

Según Anthony Summers y Robby Swan en The 11th Day, el embrión de la primera teoría conspiranoica sobre el 11-S nació apenas 4 horas después de que cayeran las torres. David Rostcheck colgó en Internet un comentario sobre cómo el derrumbe de los edificios del WTC le recordaba a una demolición controlada (aunque no dudó que fuera obra de los terroristas). Sin embargo, una fecha más correcta es el 25 de junio de 2001, cuando el mítico locutor Alex Jones (apropiándose de unas declaraciones anteriores del lunático de William Cooper) aseguró que el gobierno fraguaba un terrible atentado y que iba a acusar a Bin Laden. Si esa noche hubiera ido al bingo, hoy sería millonario.

Ahora, diez años después, no hay medio que no haya dedicado un espacio en sus especiales a las teorías conspiranoicas del 11-S. Supongo que el inventor del “corta y pega” se habrá sentido reivindicado, pero lo cierto es que salvo alguna excepción (Jeremyn Stahl o la BBC) son artículos lamentables. A estas alturas, sólo los más zumbados pueden dudar de que un avión se estrelló contra el Pentágono, creer que las torres fueron demolidas u otras teorías igualmente peregrinas. Ni los autores del mítico documental (¿?) Loose Change las defienden ya.

Sin embargo, no hay que estar loco para pensar que la versión oficial está incompleta. De hecho, lo está. A día de hoy sigue, sin haberse desclasificado el informe sobre la relación del gobierno saudí con el mayor atentado de la historia (aquí está, tan censurado que parece de chiste). La verdad, no he visto muchos artículos pidiendo que se haga. Si luego la gente se hace pajas mentales sobre su contenido, parece claro quién tiene la culpa. Pero ¿no será eso lo que buscan?

Por supuesto, hay que estar loco para dudar. O ser el ex miembro de la Comisión Bob Graham (ex senador y consultor de la CIA) que ha acusado públicamente al gobierno de Arabia Saudí de financiar las actividades de (como mínimo) dos de los 19 terroristas que murieron aquel día (del total, 15 eran saudíes). Sin contar a Louis Freeh (ex director del FBI) y a Richard Clarke (el máximo responsable antiterrorista de la era Bush), Graham es el cargo más alto en denunciar un posible encubrimiento.

Pero el papel de los saudíes es sólo una de tantas zonas oscuras. En enero, una fuente tan digna de credibilidad como Sibel Edmonds sacó a la luz las declaraciones ante el FBI de un traductor (Behrooz Sarshar) que también fue entrevistado por la Comisión del 9/11 (gracias a la presión de los familiares de las víctimas) pero al que no dedicaron una sola línea en el informe final (sí, me repito).

En abril de 2001, Sarshar actuó como intérprete de dos agentes en la declaración de una fuente fiable del FBI en Afganistán que les aseguró que “Al Qaeda planeaba atacar América con una misión suicida que incluía el uso de aviones”. El informe del traductor se tituló “Pilotos Kamikazes”, lo que deja escaso margen para la imaginación.

Y si retrocedemos un poco más en el tiempo, nos topamos con el famoso “memorando de Phoenix”, escrito el 10 de julio de 2001 por el agente Kenneth Williams del FBI (creo que nunca se ha hecho público), y en el que hablaba de estudiantes saudíes vinculados a Bin Laden tomando lecciones de vuelo en varias academias. Y lo mismo se puede decir de los agentes de Minneapolis del Bureau que pidieron permiso para investigar a Zacarias Moussaoui en agosto de 2001 y nunca lo obtuvieron.

Lo más curioso de todo es que estos ejemplos son marginales en el relato conspiranoico de los últimos años. A ellos sólo les vale que la Administración Bush lo organizó (lo cual es materialmente imposible). Hasta los que creemos que puede que supieran que algo iba a ocurrir y se sentaron a esperar les parecemos tibios. Pero lo único que es cierto, mucho más allá de lo que diga el informe final del Senado, es que los fallos de inteligencia que permitieron el ataque fueron más y mucho peores de lo que se reconoce oficialmente.

Pero así está el tema. Nos han metido hasta en la sopa unas nuevas conversaciones entre los aviones secuestrados y las torres de control que no aportan absolutamente nada, pero a nadie se le ha ocurrido recordar en fecha tan lejana cómo el pasado mayo aparecieron unos documentos que, como mínimo hay que calificar de sorprendentes. La ultrasecreta Joint Forces Intelligence Command recibió la orden, meses antes de los atentados, de dejar de seguir a Bin Laden, información que nunca llegó a la Comisión. La versión oficial del Departamento de Defensa es que no pasa nada, que en realidad ese no era su objetivo y que nadie les preguntó por eso. Se han quedado tan panchos y yo me lo he creído, pero es que me bebo hasta el agua de los jarrones.

Quizás, si la jihad conspiranoica no hubiera inundado la web con sus chorradas negando la realidad, el debate habría sido más serio. Pero cada vez que apoyaban a alguien mínimamente razonable, arruinaban su credibilidad. Si se hubieran callado, algunos altos cargos habrían tenido que dimitir y ponerse a trabajar de gorrillas. Pero nadie perdió su puesto y algunos incluso fueron ascendidos. Esos le deben más a los autodenominados 'buscadores de la verdad' de lo que se imaginan. ¿Y qué decir de los periodistas? En lugar de criticar a esos chalados se los tendrían que llevar de putas: nunca encontrarán coartada mejor para no hacer bien su trabajo.

Alex Jones, el sumo pontífice de la conspiranoia, montando un pollo.

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